El camino hacia la tierra prometida

“Una de las cosas que pronto descubrí acerca de la presidencia es que ninguno de los problemas que acababan en mi escritorio, nacionales o extranjeros, tenía una solución nítida ni completa. De haberla tenido, alguna otra persona que estuviera por debajo de mí en la cadena de mando ya lo habría resuelto...”

Si alguien quisiera encontrar explicaciones de por qué Barack Obama alcanzó el poder en los Estados Unidos, siendo mulato (negro para ellos), con un nombre parecido al de Bin Laden, Ozama-Obama, relacionado al derrumbe de las torres gemelas, podría encontrarlas en su magnífico libro titulado Una tierra prometida.

La obra es una extraordinaria lección de historia, humanidad, humildad, perseverancia. Muestra el trepidar de una poderosa inteligencia, cultivada en el análisis riguroso de las situaciones más complejas en la búsqueda de soluciones concretas. Es, si quisiera verse así, un manual de lectura y consulta para mandatarios en el inicio de su período gubernamental.

Poco antes de acceder a la presidencia, estando Obama de visita ante el Muro de las Lamentaciones, como hombre de fe dejó incrustado un mensaje en las rocas: “Señor, protégenos a mi familia y a mí. Perdona mis pecados y ayúdame a mantenerme a salvo del orgullo y el desánimo. Dame la sabiduría necesaria para hacer lo que es correcto y justo. Conviérteme en un instrumento de tu voluntad”. Alguien escarbó en esos muros, encontró y publicó la nota.

La influencia de su abuela de raza blanca, a quien llamaba Toot, fue determinante en su formación. Su cultura y valores eran occidentales. Su suegra, mulata, se fue a vivir a la Casa Blanca. Dice: “Para nosotros se convirtió en el vivo recuerdo de quiénes éramos y de dónde veníamos, la guardiana de unos valores que alguna vez nos habían parecido corrientes, pero que ahora nos dábamos cuenta de que eran mucho más extraordinarios de lo que habíamos imaginado”.

Al escuchar el sermón previo a la ceremonia de toma de posesión, reparó en que: “A partir de este momento todo aquello formaba parte de mi trabajo: conservar una actitud de normalidad, defender frente a todos la ficción de que vivíamos en un mundo seguro y ordenado, mientras contemplaba fijamente el oscuro agujero de posibilidades y me preparaba lo mejor que podía frente a la alternativa de que cualquier día, en cualquier instante, el caos se abriera paso”.

Destaca algo que bien pudiera acontecer con otros presidentes, sin importar el tamaño de sus países: “No hay nada que te prepare para las primeras semanas en la Casa Blanca. Todo es desconocido, nuevo. Todo está cargado de trascendencia”.

Y, ante la inmensidad del reto y las responsabilidades a cumplir, advierte: “Los presidentes tienen que ser capaces de lidiar con más de una cosa a la vez”.

Con candor, expresa: “Una de las cosas que pronto descubrí acerca de la presidencia es que ninguno de los problemas que acababan en mi escritorio, nacionales o extranjeros, tenía una solución nítida ni completa. De haberla tenido, alguna otra persona que estuviera por debajo de mí en la cadena de mando ya lo habría resuelto...En tales circunstancias buscar la solución perfecta conducía a la parálisis”.

Agrega: “Seguir tu instinto implicaba con demasiada frecuencia que fueran las nociones preconcebidas o la vía de menor resistencia política las que guiaran una decisión... En cambio, me di cuenta de que, mediante un proceso riguroso -uno que me permitiera dejar mi ego aparte y escuchar de verdad, siguiendo los hechos y la lógica lo mejor que pudiera y considerándolos junto con mis objetivos y mis principios- podía tomar decisiones difíciles y seguir durmiendo bien... También me permitía conseguir que todos y cada uno de los miembros del equipo se sintieran actores de la decisión”.

Abrumado por los acontecimientos, expresa: “Con tanto en juego empezaba a darme cuenta de que el liderazgo, sobre todo en cuestiones de seguridad nacional, iba más allá de poner en práctica una política bien razonada. Conocer las costumbres y los rituales era importante. Los símbolos y el protocolo eran importantes. El lenguaje corporal era importante”.

Y añade: “Aprendes a medir tu progreso en pequeños pasos -cada uno de los cuales puede tardar meses en conseguirse, y no acapara la atención del público- y te reconcilias con la certeza de que tu meta principal puede que tarde en cumplirse, si es que alguna vez se cumple, un año, o dos, o todo un mandato”.

Reconoce: “Incluso las iniciativas exitosas... a menudo albergaban algún defecto oculto o alguna consecuencia inesperada. Sacar cosas adelante implicaba necesariamente poder ser objeto de crítica, y la alternativa -ir a lo seguro, evitar la controversia, guiarse por las encuestas- no solo era una receta para la mediocridad, sino una traición a la esperanza de los ciudadanos que me habían llevado a la presidencia”.

Gran libro, sí.

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