El glamour de la popularidad

De vez en cuando alguien me reconoce y, aunque los autógrafos no están de moda, el solo hecho de ser reconocido es un halago
Santo Domingo
A veces sufro experiencias de “popularidad”. (Ilustración: Freddy Ginebra)

Los tiempos cambian. Cuando era adolescente estaba de moda pedir autógrafos a los artistas populares. Viví con intensidad los aniversarios de La Voz Dominicana en sus rimbombantes celebraciones, donde una constelación de estrellas de toda América venía por una semana y nos llenaban los ojos de brillo y esplendor. Tiempos de la dictadura. Perseguí a Libertad Lamarque, a Miguel Aceves Mejia, a Marquesita Radel, Ima Sumac, Tongolele, Rosita Quintana, Daniel Ríolobos, y no recuerdo a cuantos más en busca de su firma. Era un orgullo luego mostrar en el colegio las firmas de estos famosos. Han pasado los años y en esa misma Voz Dominicana, que hoy es Radiotelevisión Dominicana, tuve la oportunidad en los años sesenta de comenzar mi vida en la televisión.

De vez en cuando alguien me reconoce y, aunque los autógrafos no están de moda, el solo hecho de ser reconocido es un halago. En algún momento me han llamado leyenda, imagino que por lo añejo, otras duende y acepto con humildad el nombre que quieran ponerme, ya a esta edad donde el final está tan cerca me divierto con todo y continúo celebrando la vida con toda intensidad.

Algunas señoras que no quieren envejecer me comentan que cuando eran niñas me veían en televisión. Otras, más osadas, me dicen: “yo no había nacido cuando salías en la TV”, esas admiradoras comprometidas con la eterna juventud se han sometido a cirujanos plásticos expertos en reducir los años, que con un simple corte de aquello que sobra y un estirar lo poco que queda las mantienen nuevecitas. He visto lunares cambiar de sitio y sonrisas congelarse para siempre.

Me han comentado que algunas “jóvenes” han sido enterradas y ha sido difícil cerrarles la boca. Pero no es de eso que quería hablarles sino contarles mi experiencia de popularidad. Voy a la farmacia, mi lugar favorito en los últimos años, y que compite con el supermercado y los médicos.

-Solo pueden entrar tres personas por la pandemia- me advierte el guardián.

Espero fuera. Llegan dos personas, una señora unos años mayor que yo, que ya es mucho, y un joven. Por cortesía cedo mi puesto a la anciana. Ella sonríe con los ojos y poniendo el dedo en el pecho me pregunta:

-Tú eres... (titubea) Freddy... Ginebra, ¿verdad?

Me debato, tengo prisa, me da pena engañarla y, con cierta vanidad, asiento. Levanta los brazos, me grita -pienso que es un asalto-, pero de inmediato agrega:

-Alaba al Señor.

No entiendo. El momento es difícil.

-¡Levántalo! -enérgica me demanda.

Obedezco, ¿qué puedo hacer?

-¡No te oigo alabar! Alaba fuerte, sin miedo.

Estoy desconcertado

-Pide perdón por tus pecados -insiste.

No tengo más alternativa

-Señor, perdona mis pecados -murmullo bajito mirando a todas partes.

- No te avergüences.

Y, de inmediato, apenas puedo seguirla, no salgo de mi estupor, ella comienza a recitar algo de San Juan versículo no me acuerdo. No me deja que baje los brazos, los demás en la fila me miran entre asombro y divertimento.

-Reza conmigo un Padre nuestro.

Levanta la voz, obedezco, estoy sudando, nervioso.

Amén, repite varias veces, y como si hubiera cumplido su misión entra a la farmacia. Me voy rápido a mi carro, olvido las medicinas. Soy un pecador, lo sé, lo que no sabía era que se me notara tanto.

¡¡¡¡Aaaaah, la popularidad!!!!

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