Cuando entre el polvo del Sahara te veas

Así como al gobierno se le formó la tormenta perfecta con el Covid y la economía, a los dominicanos de a pie se nos trancó el juego porque a lo anterior se le sumaron las altas temperaturas que nos tienen sudando como si tuviéramos fiebre
Santo Domingo
Ahora el calor es calor del desierto mezclado con humedad del Caribe. (Ilustración: Luiggy Morales)

Les voy a ser muy franca. Yo no sé ustedes, pero vine a escuchar del dichoso polvo del Sahara hace solo unos años. Antes de eso, era solo calor, sin apellidos. Ahora es calor con polvo. Calor del desierto mezclado con humedad del Caribe. Calor del demonio que da alergia y pone los ojos llorosos. Un dichoso polvo africano que viaja más de diez mil kilómetros y entra como los vecinos y los turistas, sin permiso y sin PCR, dejando el cielo brumoso, el sol opaco y la misma sensación de un pollo al carbón en vitrina.

Les voy a ser más franca todavía. A mi edad, con la menopausia en ciernes, no se necesita un grado más de temperatura para uno quemarse por dentro y por fuera. Esto es dantesco, uno sale sudando del baño y termina exhausto de cambiarse. ¡Ni el agua refresca!

Como ya se ha hecho costumbre, estamos en estado de excepción permanente donde la mascarilla sigue siendo obligatoria, lo que intensifica la sensación de ahogamiento. Uno no puede reírse porque se sofoca y camina despacio para no marearse. Los Amets pueden hacer de las suyas y ni me inmuto.

Tengo claro que “esta calor”, como decía mi abuela, no me va a matar. Y sí, en femenino, como “la mar”, como señal de algo que no se entiende, pero se respeta.

Gedeón, nuestra mascota, ya está viejo para tanto show y como quien no quiere la cosa, lo he encontrado feliz durmiendo boca abajo en la bañera buscando una superficie un poco más fresca. Y si encuentra agua, chapotea. Al otro que busque el trapo. Su trabajo es sobrevivir, no dar explicaciones.

Así como al gobierno se le formó la tormenta perfecta con el Covid y la economía, a los dominicanos de a pie se nos trancó el juego porque a lo anterior se le sumaron las altas temperaturas que nos tienen sudando como si tuviéramos fiebre, en un estado pegajoso semi permanente que cualquiera duda de la eficacia de la vacuna.

Por supuesto, encabezando la lista de los sufridos están los maridos. No conformes con su propio calor, se le pega el de la mujer que encima no quiere que se le pegue por parte. Todo el mundo incómodo en la casa, entre la carestía de la vida, los muchachos aburridos, los apagones que regresaron y los chubascos aislados por una vaguada estacionada en altura que calienta la talvia y despide vapor.

No hay más remedio que buscarle el lado amable, aunque no encuentre ninguno. Nos alegra un anuncio de vaguada, sabiendo que para que la temperatura refresque un poco debe llover por diez días seguidos, situación que una sola calle de esta ciudad es capaz de resistir.

Nada, que el calor nos tiene hartos, tanto o más que el toque de queda, las ruedas de prensa del Palacio, las teorías de conspiración y el virus super mutante que se resiste a la ciencia o al sentido común.

Entre la falta de prigilio, el pelo recogido en colita y un mal humor entre pecho y espalda, doy la bienvenida oficial al verano, esperando que este año nos sea leve, porque un chin más de calor y podemos vendernos como el pais “air fryer” del Caribe. Inagotables, como siempre.

Solo nos queda rogarle al Altísimo que las altas temperaturas no atraigan huracanes, porque hasta ahí llegamos. Mientras tanto, resista como pueda, que hasta enero no refresca.

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