Margarita Copello de Rodríguez

Santo Domingo

Cuando me dijeron que Doña Margarita se había marchado para siempre, poco a poco me fue invadiendo un vacío enorme. Sentí que mi vacío era compartido por el mundo de la música clásica en nuestro país. Durante más de 30 años, Doña Margarita no había sido solamente la gran Dama de la música clásica en nuestro país, fue su reina absoluta, la mano que, con delicadeza, elegancia, inteligencia y un trabajo tesonero movía los hilos para que pudiéramos disfrutar de los más famosos artistas clásicos, aquellos que se presentaban en las grandes capitales del mundo, en los más famosos teatros. Una trabajadora incansable, amante de la música, incondicional con su familia, su mayor tesoro, y finalmente una mujer entregada a una obra, la Fundación Sinfonía, la cual era un reflejo de ella misma. Se pueden escribir páginas y páginas sobre la vida y obra de Margarita Copello de Rodríguez Villacañas, pero ponerlas en este escrito es difícil porque merece más, un libro a su memoria.

Doña Margarita poseía belleza y elegancia naturales, en una amplísima concepción de ambas, pues venían de dentro y se proyectaban; no pasaba desapercibida, aun sin ella quererlo, se destacaba como dicen “por su saber estar”. Tuve el privilegio de compartir con ella muchos años de trabajo y de una sincera amistad, de largas conversaciones y de mucho trabajo que siempre atesoraré.

Sinfonía inicia en 1986, cuando el entonces director de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Maestro Carlos Piantini, llama a Don Pedro Rodríguez Villacañas, pues la orquesta estaba a punto de desaparecer por dificultades económicas. Don Pedro reúne un grupo de amigos amantes de la música y ahí nace la Fundación Sinfonía. Don Pedro entusiasma a Doña Margarita y ella hace de Sinfonía su trabajo, su apostolado. Apoyada por un excepcional Consejo Directivo, un entusiasta equipo de trabajo y el propio Don Pedro, Doña Margarita mueve montañas. Su familia se convierte en el principal mecenas de la Fundación, cuyas oficinas se instalan en un anexo de su propia casa.

Su inteligencia y elegancia la llevaron a reunir un grupo de patrocinadores, que no decían que no cuando les tocaba la puerta, ya fuera para las Temporadas de la Orquesta, los Festivales, las Residencias Orquestales, un concierto o recital. Gracias al afán y al entusiasmo que ponía en cada proyecto, pudimos tener en nuestro teatro figuras de la talla de Alicia de Larrocha, Maxim Vengerov, Plácido Domingo, Daniel Barenboim con la Orquesta del West Eastern Divan y a un Gustavo Dudamel con la Orquesta Simón Bolívar.

Su casa estaba siempre abierta al solista que quisiera ensayar en el piano, o al estudiante que preparaba un recital, la casa fue el centro de muchas noches inolvidables llenas de buena música.

En una invitación que hace para venir a tocar al país al Maestro Philippe Entremont, jurado en el concurso Van Cliburn, este queda impresionado por la Orquesta Sinfónica, y le propone a Doña Margarita crear un Festival Bienal ampliando nuestra orquesta con músicos de reconocidas agrupaciones de Europa y Estados Unidos. Doña Margarita y el Consejo de Sinfonía aceptaron el reto y en 1997 el Festival se hizo realidad. El Festival contaba con entusiastas patrocinadores que Doña Margarita se encargaba de reunir, las noches de los festivales eran espléndidas y han quedado grabadas en la memoria de los amantes de la música en el país. Era una recaudadora de fondos extraordinaria, natural, era muy difícil decirle que no, aunque como siempre decía, se le hacía fácil siempre que fuera para la Fundación Sinfonía.

Doña Margarita da sus primeros pasos en la Fundación, invitando al país a los ganadores del Concurso de Piano Paloma O’Shea, su gran amiga. El concurso es una competencia reconocida mundialmente, siempre pensando y apoyando la Orquesta Sinfónica Nacional. Cuando pierde a su hijo mayor, su dolor se convierte en una fuerza que la impulsa a proponerle a Don José León celebrar el 90 aniversario del Grupo León Jimenes con un concierto de los tres ganadores del Concurso Internacional de Piano Van Cliburn, tradición que permanece.

Doña Margarita ponía el corazón en cada proyecto, y su sello siempre permanecerá en la institución a la que le dedicó parte de su vida; fue el alma de Sinfonía y, gracias a ella, la música clásica tiene un antes y un después de Margarita Copello de Rodríguez. Esos zapatos serán muy difíciles de llenar. El mejor homenaje a su memoria es la continuación de su trabajo por aquellos que forman parte de la Fundación.

A sus hijos les queda el orgullo de una madre excepcional, pues ellos fueron su mayor tesoro. Descanse en paz, mi querida e inolvidable Doña Margarita.

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